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Las crónicas del Chucurrul

Las crónicas del Chucurrul

Hola de nuevo. Aquí su bon vivant de cabecera favorito. No voy a mentir, me ha costado tiempo retomar las palabras, las cosas por decir. Eso pasa cuando uno está muy ocupado disfrutando el camino, viviendo el trayecto y, sobre todo, disfrutando lo votado. Es decir, aquí en los tiempos de la cuatroté, es difícil encontrar espacio para la queja. Secrea pues. Lo cierto es que las labores parentales de los individuos con hijos son hartas, y desposeen a uno de sus libertades personales. Cosa que encuentro sumamente invasiva. Con toda honestidad.

Ser padr@ es una especie de tren sin estación, con rumbo fijo y ritmo cadencioso que lo mismo termina uno por marearse si no se pone trucho. La responsabilidad ésta de moldear las mentes de las nuevas generaciones me temo es profusa y excesiva. Es un pozo sin fondo, un abismo sin salida. De pronto despierta uno con la patria potestad de un individuo y la responsabilidad absurda de tener que “educarlo” (lo que sea que eso signifique). No me he pasado cuarenta años viéndome al espejo sin reputa idea de lo que es la vida, para ahora tener que explicársela a alguien. Tremendo dilema.

Yo, como cualquier hijo de vecino, me temo no tener las respuestas. Tampoco sé a ciencia cierta qué significa esto de “tener todas las respuestas”. No sabía que uno debía tenerlas. Es decir, el chucurrul se levanta un día con ganas de saber “¿qué son las estrellas, papá?” Pero y qué carajos voy yo a saber. Cuando yo llegué ya estaban ahí.

Los nuevos libros progres educando las mentes de nuestros infantes plantean la idea sensacional de que “las estrellas son enormes esferas de luz y calor que brillan igual que las personas” (sic). A lo que el chucurrul inmediatamente reacciona “¿papá, las personas brillan?” Vete alv. Yo qué voy a saber. Hasta donde entiendo, la teoría cuántica no ha logrado comprobar la composición molecular de la materia, mucho menos explicar si las personas estamos hechas de polvo estelar. Cómo contestar eso sin incurrir uno en la cursilería. ¿Ahora debo pretender yo que todas las personas brillamos? ¿Esa es la respuesta? Esto de la paternidad me viene fatal.

Temo mucho que esto de ser padr@, se resume en convertirnos en el Chat GPT de nuestros hijos. El chucurrul se piensa que yo lo sé todo. Y lo compadezco. Que desilusión se llevará el pobre cuando se entere que su padre no aprendió nunca las reglas del coseno, la tangente y la hipotenusa (¿así se dicen?). Y mayor desilusión todavía cuando se entere, años más tarde, que aprenderlas tampoco es que sirva de nada. Por más que le prometamos que así será.

Debo confesar que me agobia no tener todas las respuestas. Pero de verdad que es imposible. “Papá, ¿qué pasa cuando morimos?”. ¡Olv, cómo se responde eso! Desde los griegos que no se han puesto de acuerdo con eso, y este recién parido quiere el resumen en dos minutos. “Pues mira hijo, tu padre es agnóstico, por lo que la respuesta más probable a esa pregunta es que la vida es atemporal, y los átomos se reciclan, por tanto, la muerte probablemente no exista como tal, sino solamente como estricta ausencia ante los demás, pero estoy dispuesto a aceptar otras respuestas…

Quizá le quede grande la contestación, o muy insulsa. Y lo último que quiero yo es desarrollar un trastorno existencial severo en nuestra cría. Si es que el problema nunca ha estado en las preguntas (todas ellas muy necesarias), sino meramente en las respuestas (todas ellas muy difusas). Por lo tanto, a veces no tener todas las respuestas, es la respuesta, me parece. “No lo sé enano, pero dice mamá que nos vamos a las estrellas…” Que mejor lidie ella con semejante aprieto.

La cosa no termina ahí. El chucurrul también dista de saber porque los aviones no caen, porque la oscuridad es oscura, y qué pasará con él cuando papá y mamá se vayan a las estrellas. Teme que la nueva patria potestad de su persona, no sepa poner tomate frito en su arroz como le gusta, y eso lo tiene muy triste. Y no puedo más que estar muy de acuerdo con él. Si lo verdaderamente importante no es a dónde se vayan mamá y papá -si a las estrellas o a la nada- sino el tomate frito. El presente lo es todo. El pasado y el futuro son intangibles. A quién le importan las estrellas. Vamos, el tomate frito papá.

Mientras digo esto me retuerzo en mis adentros porque el chucurrul no sabe que, en el fondo, sus preguntas inofensivas son las mismas que los adultos no resuelven nunca. Y hay algo muy poético en eso. En la no resolución de las preguntas. La vida es también un lienzo que rara vez se colorea, o se atesta, o se ilustra. La vida son más preguntas que respuestas. Y cuesta tiempo entender eso.

Llegamos al mundo con ganas de saberlo todo. Y nos vamos de él con más dudas que certezas. Cerramos los ojos para siempre un día, esperando encontrar del otro lado las respuestas que en vida jamás aparecieron, y hay algo muy desolador en esa sentencia. Irse sin tener las respuestas. Vaya drama draconiano.

De nuevo, no estamos aquí para dar contestación a nada. Mucho me temo que el chucurrul tardará años en entender que no es que papá no tenga todas las respuestas, sino que nadie más las tiene. Y ya será problema suyo saber qué hacer con eso. ¿Un consejo Chucurrul? Venga, escucha a tu padre: las cosas son solo cosas, no te aferres nunca a ellas, aprende a soltar, viaja solo con maleta de mano -la vida debe ser ligera-, un café cortado después de la comida te será más útil que la hipotenusa del triángulo isósceles, y cuando la vida parezca simple, vacía o hueca, abraza mucho a mamá, verás como eso es respuesta de todo. Te lo digo yo, que muy comprobado lo tengo. Mamá es la respuesta de casi todo. No le busques mucho.

Otra cosita. Si te vas a poner melodramático con las preguntas profundas de la composición de la molécula, o la órbita de la vía láctea que parece ser controlada por la materia oscura, te recomiendo ampliamente leer los pasajes de Borges sobre el tiempo: “El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre.” O, simultánemante dicho por el enorme Loco Valdés, “de la vida, nadie sale vivo…

Posdata.

Chucurrul, los años se nos escurren como gotas. Ayer te cambiaba los pañales con desagrado y con rechazo, y hoy me rehuso a que te ates los zapatos solo. Cómo no entiendes que esa es mi tarea. El hilo que me ata a la vida. Atestiguar que pronto harás la vida solo, es la luz y la sombra de mi propia vida. El cielo y el abismo. El milagro y la ruina. Entender que “prepararte para la vida” significa realmente prepararte para irte de la cuna, es amargo trago para todo padr@ que voltea al cielo en busca de respuestas.

Y después recuerdo aquello que decía tu padre -es decir, yo mismo- “las cosas son solo cosas, déjalas ir…” Y pues, técnicamente tú eres una cosa ¿no?. Así que pues nada. A dejarte ir. A eso hemos venido. Ahí mi respuesta más honda. Mi sentencia más cruel. Tenerte para dejarte ir. La vida no tiene sentido, tarumba.

Si regresas, trae contigo chocolates. Que el estado anímico de mamá mejora sustancialmente con ellos. Y ambos sabemos que eso es lo más prudente para todos. Repite conmigo: “hacer feliz a mamá…” Punto. Y nos ahorramos el periplo.

En el próximo episodio de “Las aventuras del Chucurrul”: “Papá, ¿el ratón de los dientes muerde y te infecta?; Si Papá Noel lo ve todo ¿entonces también me ve las pompis cuando me ducho?; Para qué estudiar papá, si de grande seré el jefe de tu trabajo, duh -nepo baby en potencia-... No le digas a mamá porque se enoja, pero Renata y yo, ya estamos casados…”

Agur.

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