Domingos solitarios
El domingo es un invento defectuoso.
No me refiero al concepto espiritual del descanso ni a la noble intención bíblica de darle reposo al cuerpo. Hablo del domingo mexicano real: esa larga sala de espera emocional donde el país entero se queda en pants contemplando el vacío mientras recalienta café.
Porque el domingo no se vive: se sobrelleva.
Uno despierta tarde y automáticamente entra en una especie de acuerdo tácito con la vida:
“Hoy no esperes mucho de mí.”
La ciudad también coopera. Hasta el tráfico parece crudo. Los semáforos cambian con flojera. Los perros ladran sin convicción. El señor de los tamales anuncia sus productos como alguien que ya perdió la fe en la humanidad pero todavía tiene que pagar colegiaturas.
Y sin embargo, México insiste en fingir que el domingo es un día alegre.
Ahí está la familia completa metida en el supermercado como si hubiera alerta nuclear y el mundo fuera a quedarse sin mayonesa. El padre empujando el carrito con una dignidad derrotada. La madre administrando el caos. Los niños negociando cereal con la intensidad de una cumbre diplomática en Ginebra.
Toda familia mexicana discute igual en el supermercado:
—¿Para qué agarran eso?
—Porque sí.
—Pero ya hay.
—Pues sí, pero poquito.
La economía nacional podría resumirse perfectamente en esa conversación.
Luego está el ritual del asador, esa ceremonia masculina donde varios hombres se reúnen alrededor de un pedazo de carne para hacer exactamente lo mismo que haría cualquier electrodoméstico moderno, pero con más cerveza y opiniones innecesarias.
El mexicano frente al asador se transforma. Se siente vikingo. Filósofo. Ingeniero térmico. De pronto habla del carbón como si hubiera estudiado en Suiza:
—No, compadre, es que el fuego hay que dejarlo respirar.
Y ahí están todos asintiendo con solemnidad, mientras una salchicha se carboniza a veinte centímetros.
El domingo también es el único día donde la gente cree que puede arreglar su vida “mañana”. El domingo produce una cantidad obscena de promesas imposibles:
“Ahora sí empiezo la dieta.”
“Ahora sí ahorro.”
“Ahora sí voy al gimnasio.”
El lunes amanece y esas promesas duran menos que un aguacate abierto.
Pero el verdadero corazón del domingo ocurre después de las seis de la tarde, cuando cae sobre el país esa tristeza colectiva que nadie ha estudiado seriamente porque seguramente deprimiría a los investigadores.
La luz se pone rara. La televisión se vuelve insoportable. Los niños recuerdan maquetas. Los adultos empiezan a buscar las llaves con ansiedad preventiva. Hasta el aire acondicionado suena más existencialista.
Es una hora peligrosa.
Para que te demos lo tuyo. A domicilio.